Emily S. Smith

El monte de la bruja

Fragmento de Oficio de Tinieblas

junio20

Manolo se divierte jugando con unos amigos al arca. Es éste un peligrosísimo esparcimiento donde vuelan piedras dispuestas para atinar en la cabeza del primer despistado que se cruce en su trayectoria; ya se sabe que los chavales se entretienen con cualquier cosa, hasta con un simple pedrusco suplantan los juguetes de que carecen. Atronan las murallas y la pendiente del castillo, tanto los aullidos victoriosos de los acertantes en el mismo corazón de la diana, como los ayes doloridos de los acertados en cualquier parte de su anatomía. La batalla había comenzado pronto por la mañana en la zona de La Costa, para ir ascendiendo por la ladera del altozano hasta llegar a los murallones y torreones que fortificaron primitivamente toda la ciudad. A los malheridos se les retira agitando la sudada camiseta de algún combatiente transformada en una banderola, casi blanca, y alejándoles así del peligro. Parapetados tras las aspilleras disparan los redondos cantos que la intendencia suministra a los buenos tiradores; debajo del muro recogen munición quienes carecen de puntería, a fin de abastecer a sus paladines; entre los arrogantes pinos silvestres, los retorcidos algarrobos de la montaña y los erguidos almeces, encuentran un excelente refugio contra el cachiporrazo los briosos asaltantes; y así, poco a poco, se va cercando el sitio a la asediada torre.
Es maravilloso poder aprovechar por el monte los lapsos de sol que siguen a las lluvias pertinaces de primavera. Esos días agradablemente templados de principio de verano, cuando todavía se percibe algo de fresquito matutino. El campo, recientemente regado por pródigos chaparrones, luce con todo su esplendor; la hierba de un verde fragante, alta y olorosa, revienta por cualquier rincón; la fragancia voluptuosa a tierra aún empapada; la vida que estalla en una naturaleza entre agreste y bucólica. Pero los guerreros ni siquiera se percatan de la humedad del reblandecido suelo que patean, absorbidos como están por la feroz batalla; de pronto un chillido angustiado les dejó a todos en suspenso:
— ¡Ay, que me hundo! ¡Socorroooo! ¡Ayudadme!
Todas las miradas convergieron expectantes en el punto del cual parecía emerger la voz. La petición de auxilio se perdía muy amortiguada entre la espesa pinada obstruida por tupidos matorrales de romeros, lentiscos, jaras y retamas. Alguien llamó:
— ¡¡¡Manolo!!! ¿Dónde estás?
La camarilla se fue reuniendo suspicaz alrededor de unas matas de brezo, todavía asomaban sus florecillas moradas medio arrancadas junto a un boquete de regulares dimensiones.
—Estoy aquí abajo, he caído dentro de una especie de cueva. Ayudadme, está muy oscuro y no se ve nada.

Aquí es donde trascurre la acción.

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