Emily S. Smith

El monte de la bruja

Perros contra lobos

marzo16

Hubo una vez una guerra. Cruenta e inútil como todas. En ella pelearon a muerte perros contra lobos. Cada uno quiso conquistar la supremacía del reino frente a sus congéneres, aunque ninguno fue capaz.

Y, así, pasó el tiempo. Los pocos supervivientes que quedaron fueron esclavizados por el más terrible de los animales: El hombre. Este depredador, en lo más alto de la escala alimenticia quiso matar a los pocos lobos que quedaron por no inclinarse ante los amos y domesticó a los perros para que le sirvieran como esclavos.

Espartacan era grande y peludo como un oso. De un pelaje negro tan intenso como la negrura de la noche más oscura. A su lado, caminaba un animalucho de dos patas, pálido y lampiño, que tiraba de la trabilla de su collar con una cadenilla. Formaban una extraña pareja, un animal tan majestuoso dominado por un imberbe hombrecito. El joven quería presumir ante sus amigos de su nuevo esclavo y no había mejor lugar para jactarse que el Mortuorio donde iban a pelear a muerte una vez más perros y lobos.

En su camino se cruzó una galera-jaula con los lobos prisioneros, todos magullados y malheridos, pero orgullosos y desafiantes. Por todas partes les azuzaban con palos, piedras y rejones; sabiendo que estaban indefensos los hombres arremetían cobardemente.

A Espartacan se le revolvieron las entrañas, comenzó a lanzar un gruñido sordo y poderoso, cada vez más fuerte y más y más, hasta que lobos y perros se unieron en un grito de libertad proyectado por miles de gargantas antes estranguladas por el yugo opresor: ¡¡LIBERTAD!!

Por fin estaban unidos en una gran manada, juntos fueron poderosos y gobernaron el reino.

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