Emily S. Smith

El monte de la bruja

Asesinato exprés

diciembre1

Winston y Churchill cuchicheaban encubiertos por las sombras, mirando hacia el interior de la casa para comprobar que allí estaba su víctima. La ansiedad junto con la incertidumbre por el feroz encargo les había aflojado el vientre y una pestilencia asquerosa empezaba a adueñarse de la atmósfera. Uno a otro se propinaban pequeños golpecitos en el hombro, para animarse a comenzar la ejecución, reforzándolo con sugerencias como:

—Lo puedes conseguir. Sería un puntazo y el jefe seguro que lo tendrá en cuenta.

A lo que Churchill nada convencido respondía:

—¡Estás loco! Prefiero matar a un chino. ¿Tú le ves? Tiene tan buen tipo como tú o quizás mejor, se debe machacar en el gimnasio. Quieres escaquearte y el encargo es para los dos, que bien has puesto la mano a la hora de cobrar.

Winston, conciliador, propuso:

—Entraremos uno por delante y otro por detrás, le pescamos al medio. Tú te lanzas sobre él para sostenerle y yo le saco el alma con este cuchillo.

Al mismo ritmo que susurraba las palabras, asomaba el machete. Entonces la naturaleza volvió a cobrar protagonismo, haciéndose presente con un sonoro pedo de final aflautado. Entrambos se miraron fijamente a los ojos “si es que parecían novatos en lugar de sicarios”, pero a una ventosidad tan contundente no se podía responder y la pareja calló sabiendo que habían contribuido al unísono a la traca.

De acuerdo con el plan uno fue por delante y el otro por detrás. Churchill se lanzó sobre el condenado con un placaje que no envidiaría ningún equipo de rugby. Winston, arma en ristre, la hundió con tantas ganas que clavó el brazo de su colega al parqué. Mientras el pavo atusándose las plumas y lanzando cloc-cloc al aire salió tranquilamente por la puerta.

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